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Como ya viene siendo casi tradición, y como prácticamente todas las personas a las que les he contado que hemos vuelto a los Alpes me han preguntado si habría crónica, aquí dejo el relato de nuestras batallitas. Una chapa enorme “para variar”, pero intentaré que sea de digestión ligera, esperando como siempre, que pueda servir algo de lo que hemos hecho bien o mal, a cualquiera que lleve intención de perpetrar un viaje (para nosotros, lujazo) de este tipo.

INICIOS:

2025 fue un año, por decirlo finamente, de mierda.

En lo personal empezó de una forma complicada, y la situación se vio acentuada porque también en enero, el amigo Oscar se encontró en la carretera de Serratella un perro que quería probar en sus costillas la resistencia de las llantas Bontrager de carbono de su Trek Madone. La fortuna del pastor alemán la desconocemos, pero Oscar terminó con una placa y unos tornillos de aleación ligera de titanio muy a juego con el resto de su bicicleta.

Así que, sin ánimos ni ganas, pasó el año sin que, ni si quiera nos pasara por la cabeza organizar ningún tipo de excursión, ni ciclista, ni anticiclista.

Una vez superado el bache, la vida continúa. La acumulación de family points generaba cierto “picorsillo” de cara al inicio de la primavera de 2026, y tímidamente tanteábamos la posibilidad de volver a organizar otra aventurilla ciclista.

En la Semana Santa de este año vino como siempre Lionnel a Vilanova (para no repetirme en presentaciones, sugiero leer aunque sea un tostón, las crónicas anteriores), y con su habitual vitalidad, nos dijo que había hablado con Laurent y lo tenían todo preparado y organizado para repetir la aventura de 2023, pero esta vez subiendo otros puertos para nosotros desconocidos.

La idea era repetir la misma estructura de viaje, pero cambiando los puertos a degustar, y aprovechando también la semana de fiestas de San Juan, corrimos a cerrar las vacaciones en nuestros respectivos trabajos. De nuevo un plan sin fisuras.

La principal diferencia respecto a la excursión de 2023, es que esta vez no podíamos contar con nuestro particular “Captain America”. Junio, no iba a poder venir, por lo que de las tres mil solicitudes y currículums recibidos, el candidato que superó todos los castings fue nuestro amigo Arturo. Un vilanoví venido a la bici desde el Trail running por culpa de (o gracias a…) las dichosas rodillas (como muchos otros tantos). Ultra fondista de toda la vida, de joven haciendo pruebas tipo UTMB y barbaridades similares, y de más joven cerrando muchas de las más famosas discotecas de la época (igual conserva algún Kom en Pirámide).

Así, con estos ingredientes, ya tenía claro que iba a ser yo quien iba a sumar a mis penurias, el honor de cerrar el grupo en las subidas.

PREPARATIVOS:

Estuvimos estudiando la posibilidad de alquilar como las otras veces una furgoneta en la que pudiéramos meter todo el material, maletas, etc. que fuera de pasajeros (íbamos a movernos 5 personas y 5 bicis, en ocasiones, por las divertidas carreteras alpinas), y que no fuera excesivamente grande para no penalizar demasiado en velocidad y consumo en las otras tantas horas de autopista. Para ello necesitábamos la aprobación de Oscar, nuestro Tetris Master, el veredicto nos tenía que validar la marca y el modelo elegible.

Entre tanto, como la cabeza de Arturo estaba barruntando desde hacía tiempo la posibilidad de comprarse una furgo para autocamperizarse (si no existe el palabro, lo dejo para aquí la RAE), a falta de unas semanas para el viaje, nos dijo que olvidáramos la idea de alquilar, que aprovechando que el Nilo pasa por Pisuerga, se había comprado una, y ya teníamos el transporte asegurado. Vamos, difícil mejorar el inicio de la aventura.

ARRANCAMOS:

El jueves 18 de junio por la tarde apareció en mi casa Arturo con su flamante Toyota Proace para empezar la partida de Tetris, después de varias excursiones a nuestras espaldas, está feo decirlo, pero con bastante solvencia, la dejamos cargada y preparada en un santiamén.

Como calcábamos toda la estructura del viaje anterior, y gracias a las crónicas de El Ciclismo Nos Une, recordábamos que el viernes a las 5 de la madrugada, puntuales como un reloj, teníamos que salir para iniciar la ruta dirección a la casa Lionnel en Upie. Y tras paroncete de 20 minutillos para bocadillear brevemente en un área de autopista francesa, a las 12.30h del mediodía aparcábamos delante de su puerta. Nos había preparado la comida en su casa, así que comimos sin entretenernos demasiado, cargamos su bici y sus maletas, y sin más dilación, continuamos la marcha dirección Valmeinier.

Tras las casi otras tres horas más de furgoneta, llegamos hasta nuestro campamento base (el apartamento de Laurent en Valmeinier), pasando antes por la quesería de Saint-Michel-de-Maurienne donde paramos la otra vez, para aprovisionarnos del alijo de queso Beaufort típico de la zona, canjeable a la vuelta por unos suculentos family points en nuestras casas. Laurent tardó algo más en llegar puesto que trabajaba hasta más tarde, pero todo fue sobre lo previsto, y tras cenar a la hora francesa (nos fue de perlas este horario), nos fuimos a dormir muy pronto.

Vistas desde el Valmeinier Headquarter

ETAPA 1. GRANON E IZOARD

A las 5h de la mañana sonaba de nuevo el despertador, y a las 6.30h ya estábamos encima de la furgoneta. Unos con avena trasnochada, arándanos y ese tipo de mejunjes en el cuerpo, y otros con algún buen trozo de Saint Genix en la barriga (un bollo dulce típico de la zona que propicia energía para unas cuantas horas).

Con la furgo tuvimos primero que bajar a Valloire, para después subir el Galibier y bajar a Briançon, que iba a ser el punto de partida de la ruta del día. Eran poco más de 60 km, pero casi una hora y media de trayecto.

Preparados, listos…

Col du Granon

Col d’Izoard

El menú del día tenía como aperitivo el puerto de Granon, otro de los archifamosos puertos alpinos, conocido recientemente por ser el final de etapa en el día en que el Jumbo, con una estrategia de equipo ejecutada magistralmente, reventaron a Pogaçar en el Tour de 2022.

Tras las fotos, santiguaciones y risas de inicio, arrancamos la subida a un puerto que por alguna razón pensaba que sería duro, pero no demasiado bonito, y resulta que no acerté. Realmente fue muy duro, pero una auténtica preciosidad. Me sorprendió muy gratamente porque no me lo esperaba. Un puerto corto (solo 11,3 km) pero con una pendiente media del 9,2%…. No es lo más idóneo para alguien que de casi 1,90 y más de 80 kg… pero hemos venido a jugar!

Nada más arrancar, me pasó lo mismo que la primera vez, no llevaba ni 15 minutos subiendo y ya vi que, a potencia baja, las pulsaciones eran bastante altas. Decidí levantar el pie y soltar a los que dicen ser mis “amigos”. La explosión se hubiese oído desde la luna si hubiese querido aguantar a rueda, y mi motor Barreiros funciona mejor si no se saca de punto. Sabe más el diablo por….

A medida que iba subiendo las sensaciones no iban a mejor, el puerto era duro, pero a mí me pareció mucho más, subía muy atrancado (cuando no vas bien, venderías el alma al diablo por dos dientes más de piñón) y la espalda se me cargó una barbaridad. Llegar arriba se me hizo muuuy largo, resonó varias veces en mi cabeza el “I am dead…” de Pogaçar el fatídico día que le birlaron el Tour.

Este puerto es corto, pero no tiene un solo metro que suavice para coger aire, detrás de un km al 10% viene otro al 11%, y después otro, y otro, y otro…

Como punto anecdótico, me hizo mucha gracia, una pintada que vi en el suelo a mitad de la subida, que ponía:La Terre est plate? ”. Incluso con el oxígeno justo para no perder el equilibrio, mis neuronas lo pillaron y me quedó una risa tonta que me duró un buen rato.

Tras más de una hora de sufrimiento, llegué arriba con las patas de Pinocho y la espalda de un Playmobil, pero contento de haber conseguido derrotar al primero del día (y para mis características, seguramente el más jodido de la excursión). A pesar del ritmo pestoso que tuve que llevar, supe disfrutar del paisaje. La subida es un camino asfaltado, estrecho, con muy poco tráfico y con unas vistas preciosas, no me lo esperaba, la verdad.

Una vez arriba a 2.413 metros, no tuvimos ni que ponernos el chubasquero que llevamos siempre para las bajadas, señal de que el día iba a ser caluroso. Se me había olvidado comentar que fuimos en plena ola de calor en Francia, con temperaturas por encima de los 42 º en partes bajas, un auténtico horror que llevo particularmente mal.

Primer asalto superado

Sin perder mucho tiempo (eso yo, porque ellos llevaban un buen rato esperando), fotos, barrita, y vuelta a bajar por el mismo sitio. Normalmente, los factores que hacen que un puerto sea precioso a la subida, son desventajas en la bajada, un camino asfaltado estrecho no suele ser el mejor lugar para disfrutar de un divertido descenso, y con baches y pendientes tan acusadas, los frenos alcanzaban temperaturas ideales para hacer una barbacoa de “carnsalà” sobre los discos.

De vuelta otra vez a Briançon, sin nisiquiera pasar por la furgo, iniciamos la subida por el otro valle al conocido puerto de Izoard, un puerto más largo (19 km), con una pendiente media del 6%, cifra totalmente engañosa, ya que las subidas son también 10-11 por ciento, pero con un par de descansos durante la subida que bajan la media. Al fin y al cabo, arranca de la misma altura sobre el nivel del mar que el Granon y también llega a 2.400 metros de altura. Esta vez era una carretera ancha de doble carril, con arcén y bastante tráfico. Justo lo contrario que el Granon, y paradójicamente, de lo que yo esperaba.

Empezamos la subida a ritmo alegre igual que por la mañana, pero como la pendiente al principio es más suave, me obligué a ir con cadencia alta para ver si podía recuperar un poco las patas y la espalda. Esta vez se fueron por delante Arturo y Oscar, como siempre, charlando, como el que no quiere la cosa, y Laurent y Lionnel aguantaron un rato el ritmo, pero soltaron la rueda al cabo de unos kilómetros, por lo que la hice prácticamente toda solo. No me encontraba demasiado fresco, pero al no ir tan atrancado, notaba que podía ir un puntito más a gusto, así que me puse a mi ritmo y a pesar de que los últimos tres kilómetros son cañeros, llegué arriba contento y hasta aliviado.

Summit conquered

Una vez en la cima, Lionnel, Laurent y yo, nos tomamos un refresco en el bar de la cima. Mucha moto, mucha bici, mucha gente, y precios de locos. Mientras, Arturo y Oscar bajaron por la otra vertiente un par de kilómetros para ver una estatua que según Lionnel, estaba muy chula. Yo, me quería solidarizar, pero les pedí que hicieran una foto a la estatua, para ahorrarme la subida de nuevo (y en el bar se estaba mejor, sinceramente)

Ni tan mal…

El descenso podría haber sido divertido, pero había mucho tráfico, y a ninguno nos apeteció arriesgar lo más mínimo, así que tranquilamente nos dejamos caer entre coches, motos y autocaravanas, hasta la furgoneta.

A pesar de haber llegado pasadas las dos de la tarde a Briançon, pudimos comer en un restaurante (en la terraza y a 38 grados, eso sí), unas hamburguesas bastante decentes, aunque a esas horas, de no haberlo sido, hubieran entrado igual de bien.

Recarga de hidratos

Cargamos las bicis en la furgoneta, y aprovechamos a dar una pequeña vuelta a pie como buenos guiris, por Briançon, una ciudad histórica (y bastante turística) en el corazón de los Alpes, con una imponente muralla, y unas callejuelas llenas de restaurantes y tiendas de souvenirs para turistas.

Turismo cultural c´est bien

Otra hora y media de furgoneta subiendo otra vez el Galibier, y de nuevo en casa para duchas, cerveza artesanal en el único bar que había abierto en Valmeinier, una “raclette” espectacular que nos prepararon Laurent i Lionnel, y a dormir pronto, que nos esperaba otro bonito y duro día en la montaña.

No sólo del pedal vive el hombre

Peazo soparot”

ETAPA 2. CHAUSSY (LACETS DE MONTVERNIER) Y MADELEINE

Los despertadores volvieron a sonar a las 5h de la mañana (hora oficial de despertar en los Alpes), esta vez teníamos solo 40 minutos de furgoneta hasta La Chambre, pero teníamos que bajar con la furgoneta a tope, ya que, al terminar la ruta del día, ya no volvíamos al apartamento en Valmeinier, sino que íbamos directos a la casa de Lionnel.

Encontramos un aparcamiento con buena sombra, sacamos las bicis y nos dirigimos a los icónicos Lacets de Montvernier como parte previa al Col du Chaussy, que era el primero de los dos puertos que nos aguardaban hoy.

Mis patas y mis pulsaciones, al igual que hace tres años, ya parecían volver a la normalidad, así que con fatiga, pero con buenas sensaciones, empezamos los Lacets. Me sorprendió lo estrecha que es la subida, no creo que llegara a dos metros la anchura del camino, subía pensando que si nos encontráramos bajando a un coche, no cabríamos todos. Por suerte no creo que utilicen ese camino muchos vehículos, solamente éramos ciclistas los que transitábamos esa subida.

A pesar de ser muy estéticos y visualmente perfectos vistos desde un helicóptero, los árboles no nos permitieron tomar ninguna foto que expresara la belleza real de la subida, así que fuimos tirando.

Col du Chaussy

Col de la Madeleine

Escalando los Lacets

Una vez superados, seguimos con la continua subida, dirección a la cima del Col du Chaussy, que por números (llega “solo” hasta los 1.530 metros) no parece mucho, pero la subida me pareció preciosa, con montañas muy verdes, no tan abruptas como las típicas alpinas, vistas más abiertas y una colina final encantadora.

Al coronar no hay nada, ni parking, ni restaurante, ni bar, ni moteros… poco glamour, la verdad, pero había una fuente con agua fresca que fue el mejor regalo que nos podía ofrecer la montaña, porque ese día también apretaba el calor y todavía no estábamos a demasiada altura.

Col de Chaussy

Col du Chaussy y col du la Madeleine enlazados

Siguiendo por la misma carretera empezaba un descenso de poco más de 10 km, bastante disfrutón, aunque pasaba por varios pueblos pequeños y masías, y no se podía coger demasiada velocidad.

Y justo el final de la bajada, sin tregua alguna, el camino nos dejó en el cruce de la temida carretera de subida al Col de la Madeleine, otro coloso juez de batallas míticas entre las que se han coronado, desde Ocaña hasta Contador, pasando por Perico y como no, Indurain, que en 1995 dio una exhibición que ha quedado en el recuerdo de todos los aficionados a este deporte (sobre todo viejunos como un servidor).

Desde abajo en La Chambre, a cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, este puerto tiene 21 km de penitencia para llegar a los dos mil metros de altura, pero en nuestro caso eran algo menos, puesto que el cruce de la carretera de bajada de Chaussy nos dejó un poco más arriba.

La subida se hace amena porque es muy tendida y va pasando por diferentes urbanizaciones y pueblos pequeños, la carretera es bastante ancha por lo cual os podéis imaginar que va aparejado a su correspondiente tráfico de coches y motos, aunque no se hizo especialmente agobiante como otras veces. También se pasa por una estación de esquí, parecida a la de Alpe d´Huez, y al final se corona a dos mil metros, donde el paisaje es todavía verde y hay un restaurante coqueto, a la vez que, supongo que caro… Es normal, que así sea, nosotros nos fijamos más en las bicis, pero las motos que suben dudo que sean baratas, y algún que otro Lamborghini, Porche o Alpine, se veían en el parking.

Cima de las más bonitas y míticas de los Alpes, la verdad.

Como no hacía frío y ya teníamos el trabajo hecho, estuvimos allí bastante rato, las vistas, con el Mont Blanc al fondo, eran impactantes. Unos moteros madrileños al ver nuestro maillot de la Mediterranean Epic, vinieron a hablar con nosotros, y nos contaron que la habían hecho un par de veces y conocían bastante nuestra zona.

Imprescindible postureo

Al final, nos hicimos a la idea y tras los retratos correspondientes, emprendimos la bajada. Como Arturo llevaba las ruedas algo apuradas, y a mí se me hizo un agujero en la cubierta que en algunos momentos sellaba el tubeless, y otros le daba por salpicar mis nalgas y a todo el que se ponía a mi alrededor, pues hicimos una bajada bastante conservadora.

Hice parar a Arturo para que posara ante tan florida estampa

Al llegar abajo, los casi 40 grados te devolvían de nuevo a la cruda realidad. No fue fácil, pero al final encontramos un sitio donde nos dieron de comer. Nos despedimos de Laurent que volvía a casa puesto que el lunes trabajaba, y posteriormente emprendimos las 3 horas que nos separaban de la casa de Lionnel y Corinne.

Pues una poquita de caló

Llegamos a una hora ideal para darnos un chapuzón en la piscina y ver el partido de España contra Arabia Saudita del Mundial de Estados Unidos, disfrutando de unas reparadoras cervezas. Nivel de satisfacción: Total.

El lunes, Lionnel tenía sus temas médicos y Corinne trabajaba, por lo que teníamos el día libre. Tuvimos la acertada idea de no levantarnos a las 5h por primera vez en todo el viaje, pero cual ciclistas profesionales en una gran vuelta, decidimos salir a las 8h a “soltar piernas” un par de horas.

Etapa alrededor de Upie, llana y fácil sobre el papel, pero el calor y el viento digno de una potente Air Frier, nos hizo volver a casa con las piernas, igual no muy sueltas.

De los pocos kilómetros que hicimos que se agradecía ir a rueda

Recovery time

Por la tarde repetimos piscineo y a Valence a comprar cosillas para casa (léase trabajarnos unos family points).

ETAPA 3. MONT VENTOUX

Para el martes teníamos como la otra vez, la traca final de fiestas: el mastodonte Mont Ventoux. Así que a las 5h. volvimos a poner pie al suelo para desayunar y coger la furgoneta dirección a Bédoin igual que la otra vez. Había que madrugar de nuevo para evitar al máximo posible el calor, así que antes de las 8h ya estábamos pedaleando. Subimos por la misma cara que la otra vez. Teníamos claro que si no hacía excesivo aire, con diferencia, esta subida es la más bonita. El ritmo fue alegre dentro de las posibilidades, Arturo es menos de retratos que Junio, así que al hacer menos paradas fotográficas (ninguna exactamente), subimos del tirón, bajando más de 15 minutos el tiempo de la otra vez, aun así “un poco” lejos de los 53 minutos que empleó el año pasado Pogaçar para destrozar el Kom que mantenía Carapaz. El temido viento en la parte alta tampoco fue muy relevante, por lo que nos permitió disfrutar de una subida muy chula.

¿Dolor o satisfacción?

Por fin arriba

Mont Ventoux

A diferencia de la vez anterior, la bajada no fue por Malaucene, sino que bajamos por la misma carretera de subida hasta el Chalet Reynard, y ahí cogimos un desvío a la izquierda que nos llevó por una carretera totalmente diferente, mucho menos transitada, con menos pendiente de bajada, pero muy larga y bonita, que llevaba a un pueblo que se llamaba Sault, y continuaba por un desfiladero panorámico espectacular. Hubiese sido un delito no parar a hacer fotos, fue una sorpresa enorme. Lionnel que tantas veces ha subido el Mont Ventoux, había oído hablar de esta ruta, pero no la había hecho nunca.

Inmortalizando

La bajada fue infinita, más de 30 km, el aire caliente abrasador y el hecho de que me había terminado los dos botellines, consiguieron que se me hiciera mucho más larga. A modo de inciso, si alguna persona quiere experimentar esta sensación que vivimos durante casi una hora, no es necesario subir a los Alpes, ni siquiera tener bicicleta. Se puede probar en casa perfectamente. Simplemente cogiendo el secador de pelo y encenderlo apuntando a la boca a unos 25 centímetros aproximadamente. No es necesario media hora, con unos cinco minutos ya se puede hacer una idea bastante fidedigna de lo que vivimos en aquellos momentos.

Pese a todo esto, tengo que decir que valió la pena totalmente, fue un auténtico espectáculo haber disfrutado de este recorrido. 100 x 100 recomendable.

Estas fotos no hacen justicia

A la llegada a Bédoin, San Google nos recomendó una pizzería que fue un verdadero acierto. Repusimos fuerzas y de vuelta a casa.

Esta foto sí que hace justicia, de hecho, fueron fieramente ajusticiadas

Esa noche a modo de despedida fuimos a cenar con Lionnel y Corinne a un restaurante que había en un pueblo vecino que estaba justo al lado de un río, buscando el frescor de la vegetación y del agua, y aunque al principio todavía apretaba el calor, después la temperatura nos dio un poco de tregua.

Como no podía ser de otra manera, el miércoles a las 5h volvió a sonar el despertador, pero esta vez para emprender la vuelta a casa, teníamos la furgo preparada, llena de bicis, maletas y recuerdos. Y tras unas cuentas horas de volante acompañados de Offspring y Green Day, cerca de mediodía llegamos a Vilanova.

Al igual que la otra vez, esta escapada nos resultó totalmente terapéutica, pienso que deberían recetarla los médicos, y seguro que la seguridad social se ahorraría un dineral en fármacos y antidepresivos… Es un lujo tener unos amigos, que aparte de compartir afición por este “bicio”, están dispuestos a ofrecer todo lo que tienen desde la más sincera buena voluntad. Y que los tropecientos mil astros se alineen para que podamos repetir estas aventuras, algún día lo valoraremos aún más.

A todos los lectores que hayan llegado hasta aquí, de nuevo muchas gracias por la paciencia. Mucha salud, y pedales siempre que se pueda. Quién sabe qué nos deparará el 2027….

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